miércoles, 1 de junio de 2016
CAPITULO 126
Tengo dos horas hasta abordar mi vuelo de conexión a Sydney. Saco el celular del bolsillo y estoy bastante seguro de que lo miro durante diez minutos. Me da pavor hacer esta llamada y tener esta charla, nuestra primera conversación posterior a mi cuasi propuesta de matrimonio. Sólo han pasado cuatro horas desde que dejé a Paula y Nashville, y estoy convencido de que está lista para destrozarme ahora que ha tenido tiempo para pensar en lo que hice.
Espero que responda y me doy cuenta de que estoy nervioso, como, realmente nervioso. ¿Qué tal si usó las últimas cuatro horas para pensar en el imbécil que soy y decide que no hay una maldita manera de que se case conmigo? Quiero colgar. Incluso lo estoy considerando cuando oigo su voz.
—Estás en tantos problemas, cavernícola.
Me llamó cavernícola. Es una buena señal. No puede estar demasiado enojada si me llamó eso en lugar de imbécil, el cual usa frecuentemente.
¿Debería decir que lo lamento? Porque no lo lamento, y hacerlo sería mentir.
—No quiero arrepentirme de lo que hice, incluso si estás enojada conmigo. De lo único que me arrepiento es quedarme sentado esperando que el momento ideal se presentara para poder pedirte adecuadamente que seas mi esposa. Eso claramente no sucedió y lo lamento. Quería que fuera un momento perfecto porque no has tenido muchos de esos en tu vida, pero lo arruiné como siempre lo hago.
—Realmente quiero estar desnuda contigo ahora mismo.
Eso suena prometedor.
—Realmente me gustaría mucho eso, pero estoy dispuesto a aceptar tu respuesta en su lugar. Sé que te dije que no quería tu respuesta de inmediato, pero si es un sí, entonces, puedes decírmelo.
—¿Qué? ¿Y arruinar la angustia que tanto mereces sentir? No lo creo, Sr. Alfonso. Me das una propuesta como ésa y deberías esperar para recibir una respuesta… un tiempo.
Uh-oh. Esa parte no suena tan bien.
—¿Así que me castigas por querer casarme contigo?
—No. Te castigo por la que me hiciste.
Esperaba que estuviera tan emocionada por toda la cosa que en cierta forma olvidara lo que hice.
—Ésta no es una manera muy correcta de comenzar nuestra unión. No creo que ojo por ojo sea la mejor estrategia para hacer que nuestro matrimonio funcione.
—No dije que iba a casarme contigo.
Pero lo hará. Me encargaré de eso.
—No me dijiste que no ibas a hacerlo, así que hasta que digas lo contrario, esperaré ansiosamente que vengas a mí.
—Sabes, no juegas justo.
¿Alguna vez tuvo la impresión de que lo hacía?
—Creo recordar decirte que siempre me salgo con la mía, dentro de los medios razonables.
—Me pusiste un anillo en el dedo, el cual es absolutamente hermoso, por cierto, y me provocaste con la posibilidad de ser tu esposa sólo momentos antes de irte. Rozaste la superficie pero no me pediste realmente que me casara contigo. Y todo esto lo haces mientras estoy experimentando una crisis emocional porque te vas. ¿En serio piensas que es razonable?
—No, pero creo que me dará lo que quiero, que es hacerte mi esposa. —Ése es el resultado final que busco aquí. Realmente no me importa cómo lo logre.
—Todavía no me pediste que me case contigo, así que no te voy a dar una respuesta hasta que me lo propongas adecuadamente.
Suena agradable, así que me lanzo.
—Paula, ¿te casarás conmigo y serás mi esposa?
—No.
—¿No? —Ésa no era la respuesta que esperaba.
—Pedirlo por teléfono no es una proposición adecuada, y no te responderé hasta que estés de rodillas frente a mí.
Maldición. Debería haberme puesto de rodillas cuando le di ese anillo.
—Es algo difícil de hacer cuando voy a estar a catorce mil kilómetros de distancia.
—Lo odio, amigo, pero una propuesta ebria y una por teléfono son ambas nulas y vacías para mí.
Me preguntaba si iba alguna vez iba a tocar el tema de Vegas.
—Ésta es la primera mención a mi propuesta abria.
—¿Entonces sí la recuerdas?
¿Cómo podría olvidar ese fallo épico?
—Demonios sí, lo recuerdo. Podría haberme pateado el trasero por ser tan descuidado con esas preciosas palabras. Mereces algo mucho mejor que el que me emborrache y te pida que te cases conmigo.
—Por supuesto que sí. Por lo tanto, todas las propuestas, borracho o sobrio, no cuentan. No lo has pedido y yo no he respondido.
Realmente no quiero regresar así a Australia.
—¿Debería subirme a un avión y regresar ahora mismo?
—No. Ahora no es el mejor momento para hablar de matrimonio conmigo, amigo. Todavía estoy bastante molesta contigo.
Sólo le puse un hermoso anillo en el dedo y le dije cuánto quiero que sea mi esposa, y está enojada conmigo. Esto no puede estar bien.
—No seas así, nena. Piensa en la idea detrás del gesto. Te amo y quiero estar contigo para siempre. No dejes que la formalidad o tu ira te hagan olvidar esa parte.
—No lo haré.
Es un truco sucio pero voy a usarlo de todos modos para suavizar su enojo conmigo.
—Y piensa en esos bebés que deseas. Te los daré… tantos como desees, cuando estés lista.
—Algo me dice que tú quieres esos bebés tanto como yo. La mitad de nuestras conversaciones parecen girar alrededor de ellos.
Tiene razón. Algo ha sucedido en mí y también los deseo.
—¿Eso crees?
—¿Me estás preguntando si creo que los deseas, o si creo que hablamos mucho de ellos?
—Ambas.
—Entonces sí a ambas.
Hemos hablado de niños así que esto no es nuevo para ella.
—Sí los quiero, pero sólo contigo.
Ella hace un sonido de frustración.
—Me enoja tanto que estemos teniendo esta conversación ahora cuando deberíamos haberla tenido antes de que te fueras.
Tiene razón. Me siento tan estúpido por contenerme hasta el momento perfecto.
—Lamento haber esperado. Debería habértelo pedido el día que compré el anillo. Iba a proponértelo cuando te llevé a Oscar’s para cenar. Tenía la caja del anillo en la mano, a punto de preguntar, cuando ese reportero apareció en nuestra mesa.
—Me volví loca justo cuando ibas a preguntar. Lo lamento.
Es el destino. Ésa no era la manera en que se suponía que debía suceder.
—No es tu culpa —le aseguro.
—Necesito que seas paciente conmigo.
—Nena, he esperado treinta años por ti. Puedo esperar un poco más.
CAPITULO 125
Paula y yo hemos pasado los últimos dos días en la cama o en la ducha para que pudiéramos regresar a la cama juntos.
Diría que estos fueron los mejores días de mi vida excepto por la razón por la que hemos sido dos ninfómanos las últimas cuarenta y ocho horas.
Me voy hoy, y ella no va a venir conmigo.
Estamos en el puesto de seguridad y la sensación enfermiza que tengo en el estómago es mucho peor de lo que había imaginado. Me siento sin aire y me duele el pecho porque mi corazón está siendo arrancando. El dolor es incluso peor que cuando encontré la carta de despedida de Paula.
No soy un hombre que llora, jamás, sin embargo, siento que está a punto de suceder. Es extraño y peleo contra ello, pero se está haciendo cada vez más difícil con cada minuto.
Nuestra separación en inminente e inevitable.
La tengo en mis brazos. La aprieto con más fuerza de lo que debería.
Probablemente esté lastimándola, pero es mi intento de fundirnos en uno para no tener que dejarla atrás. Y no está funcionando.
Oigo su voz dulce y suave contra mi oído y la siento temblar en mis brazos.
—No te vayas —susurra.
Siento las lágrimas cuando llegan y entierro el rostro en su cabello.
—No me dejes sin ti.
Y regresamos a ese lugar que odio. Ella no viene conmigo y yo no puedo quedarme.
Nuestro tiempo juntos se está acabando. No nos queda mucho y me alejo de ella para poder verle el rostro.
—Esto no es para nada como quería que fuera.
—Lo sé. No quería que te fueras con las cosas entre nosotros tan… sin resolver.
Ella no entiendo que me refiero a algo completamente diferente.
—No me refería a eso, nena. —Meto la mano en el bolsillo y saco la caja de cuero negro que he llevado conmigo a todos lados durante las últimas dos semanas.
Esperaba el momento perfecto, pero nunca se presentó.
Ahora tengo que hacerlo de esta manera sólo minutos antes de dejarla por Dios sabe cuánto tiempo.
La ofrezco para que ella pueda verla. Quiero que tenga un momento para absorber dónde estoy a punto de ir. La mira brevemente antes de que sus ojos suban rápidamente para encontrar los míos. Luce como si quisiera decir algo pero
no puede escupir las palabras.
—Paula, una vez te pedí que fueras mía por tres meses. Ahora te pido que seas mía para siempre.
Abre la boca para hablar y le pongo un dedo sobre los labios.
—Pero no quiero que me respondas ahora mismo porque no estás lista para decir que sí. Todavía necesitas tiempo para abrir tus alas y volar. Te amo con todo mi corazón y quiero que experimentes todo lo que esta vida tiene para ofrecerte porque ésta no esperará. Pero yo sí. Esperaré por el tiempo que haga falta, y puedes venir a mí después de que hayas tenido suficiente de esta vida… cuando estés lista para pasar la eternidad conmigo.
Lágrimas llenan sus ojos.
—No puedes hacerme esto justo antes de subirte a un avión para irte.
Oigo la última llamada para mi vuelo a Los Ángeles, así que abro la caja.
—Cuando vengas a mí, te pediré que seas mi esposa, pero hasta entonces… —Se cubre la boca cuando ve el anillo. Tomo su mano izquierda y deslizo el anillo de compromiso de diamantes en su dedo—. Sé que usualmente no llevas el anillo hasta que dices que sí, pero quiero que lo lleves como un recordatorio de que te estoy esperando. Para que cada vez que lo veas en tu dedo, sepas que espero ansiosamente que vengas a mí para que podamos comenzar nuestra eternidad juntos.
Lágrimas caen por sus mejillas.
—Estoy tan furiosa contigo en este momento que no puedo ver bien. A la vez te amo como la mierda mientras te odio con locura. No sé si quiera abofetearte o desnudarme contigo.
—Mi voto sería para que te desnudes, pero no creo que lo permitan aquí en el aeropuerto.
—No puedo creer que acabes de hacerme esto.
Estoy coqueteando con la idea de perder mi vuelo.
—Tengo que irme, nena.
—Lo sé.
—Piensa en la historia que podremos contarle a nuestros hijos si dices que sí.
Está de pie en la entrada del puesto de seguridad y está sollozando histéricamente cuando paso el punto donde ya no podré verla más. Me rompe el corazón. Así no era como quería que fuera mi propuesta, pero no lo lamento. Sé lo que estoy haciendo. De una forma u otra, voy a tenerla como mi esposa.
martes, 31 de mayo de 2016
CAPITULO 124
Cuando estoy sobre mi espalda de nuevo, se acuesta sobre mí. Estamos cara a cara. Pasa sus manos a lo largo de mis brazos hasta que encuentra mis manos y las levanta por encima de mi cabeza. Enlaza sus dedos con los míos y los aprieta. No aparta sus ojos de los míos, y ni siquiera pestañea, mientras entra en mí. Pero veo la mirada, la que me dice lo bien que se siente estar dentro de mí. Nunca podría confundir esa mirada de placer con cualquier otra.
Llevo mis piernas hacia arriba y lo rodeo con ellas para poder sentirlo más profundo. Con Pedro Henry, nunca se está lo suficientemente cerca. Siempre quiero tenerlo más cerca.
Apoya su peso sobre sus codos y acuna mi cabeza dentro de sus antebrazos. Él derrama besos por todo mi rostro.
—Te quiero tanto. Lo eres todo para mí.
Nuestras manos están todavía juntas formando un puño por encima de mi cabeza y apretadas por la tensión mientras continúa moviéndose lentamente dentro de mí. Presiona su frente contra la mía.
—Tú besaste mi corazón despertándolo.
Ahora soy yo la que aprieta sus manos con más fuerza.
—Dios, te amo.
Mueve sus caderas poniendo la fricción contra mi punto dulce mientras se mueve dentro y fuera de mí. No hay nada como tener a un hombre que puede hacer que me corra de muchas maneras diferentes, aunque con lentitud, haciéndome el amor suavemente. Pero no hay nada tan especial como escuchar que me ama mientras sucede. Por lo que sé, estoy en una minoría. No creo que la mayoría de las mujeres llegue al orgasmo durante sus relaciones sexuales. Pero no todas las mujeres tienen a Pedro Henry como un amante.
Cuando acaba, se relaja contra mí. Quito mis piernas de alrededor de él y dejo que se deshagan para que pueda acurrucarse entre ellas mientras que todavía está dentro de mí. Aprecio estos momentos, cuando estamos todavía unidos como uno sólo.
—Prométeme que no dejarás que otro hombre te haga estas cosas después de que me haya ido.
Wow. Eso suena tan definitivo, como si estuviéramos diciendo adiós y nunca fuéramos a vernos otra vez.
—Ningún hombre me va a tocar así o de otra manera. Eres el único.
—Júramelo.
—Lo juro.
Envuelve sus brazos alrededor de mí y hago lo mismo. Nos apretamos el uno al otro hasta el punto de que es casi doloroso.
—Estoy aterrorizado de perderte.
—Estoy aterrorizada de perderte también.
Presiona su frente contra la mía de nuevo.
—No puedo soportarlo. Dije que no iba a hacer esto, pero no puedo evitarlo. Por favor, ven a casa conmigo. Sé que no puedes tener la carrera que quieres en Australia, pero ya sabes que puedo cuidar de ti. Tendrás todo lo que tu corazón desee y nunca tendrás que trabajar.
Lo considero un momento, pero todavía no me ha pedido que se case con él.
—No puedo. No sé cómo vamos a hacer que funcione, pero vamos a encontrar un camino. Tenemos que hacerlo porque la alternativa no es una opción.
CAPITULO 123
Los últimos días han estado fuera de control. Había sido publicado, Jake Beckett es mi padre, y los buitres no han tardado en aparecer. Me cuesta abrirme camino a través de los medios de comunicación agrupados en mi puerta, así que me veo obligada a colarme por la parte trasera hasta mi auto que está a una cuadra calle abajo. Pedro Henry insiste en acompañarme donde quiera que vaya. No lo ha dicho, pero creo que está preocupado por mi seguridad.
Es viernes por la noche. Faltan dos días. ¿Cómo sucedió eso? Se siente como si hubiera sido ayer cuando lo vi salir de ese taxi en medio de la lluvia torrencial.
Estamos acostados en el sofá, frente a frente, mi pierna enganchada sobre la suya.
—Te vas el domingo y todavía no tienes un plan.
Coge aire y lo expulsa lentamente.
—No puedo quedarme. Y a menos que haya cambiado algo, no estás lista para venir conmigo.
No lo ha dicho, pero tendría que dejarlo todo para que nosotros pudiéramos estar juntos.
—Me estás haciendo elegir.
—No. Si quisiera hacerte elegir te estaría diciendo que te vinieses conmigo y te olvidaras todo el asunto. Te digo que te amo y te deseo más que a nada en este mundo, pero que no puedo quedarme.
¿Hay realmente alguna diferencia?
No creo que sobrevivamos a estar separados. Esa clase de relación rara vez lo hace.
—No sé cómo vamos a trabajar en esto si no estamos juntos.
Está frotando mi brazo. Creo que es su manera de intentar consolarme, pero no es así porque nada en este momento puede hacerlo.
—Creo que vamos a improvisar. Hablaremos todos los días y nos veremos cuando podamos. Haremos VideoChats y puedes hacerme un striptease con tu traje de corista.
Siento que voy a romper a llorar en cualquier momento.
—No es gracioso. Voy a ser miserable sin ti.
—Entonces, ven en a casa conmigo para que no tengas que serlo.
Quiero, pero no puedo alejarme. Ahora no.
—No puedo.
—Quieres decir que no quieres.
Su vida depende de su conocimiento y cosecha de uva. Ha pasado toda su vida aprendiendo lo que cada variedad necesita para prosperar. Lo entiendo. Dejar lo conocido por lo desconocido podía arruinarlo, pero no es justo que yo sea la única dispuesta a hacer el sacrificio.
—Al igual que tu no quieres quedarte.
Pasa su mano por mi brazo y levanta la vista hacia el techo.
—Entonces, supongo que está decidido. Tú te quedarás aquí. Yo voy a volver. No estamos mejor de lo que estábamos cuando te alejaste de mí hace cuatro meses.
Sólo que ahora, te quiero tan jodidamente tanto que me va a destrozar el corazón estar lejos de ti.
Está cabreado. Que puedo decirlo.
—¿Estás enfadado?
—Diablos, sí, estoy furioso porque nuestras circunstancias son las que son. Quiero estar contigo y tú quieres estar conmigo. ¿Por qué no podemos encontrar una manera de hacer que esto funcione?
Nos tumbamos en silencio un rato, con la tensión aumentando a nuestro alrededor. Por fin se rompe a través de él.
—¿Hasta cuándo durará tu próxima gira?
Él ha estado evitando pensar en ello.
—Tres meses. Comienza en agosto y no terminará hasta finales de octubre. Sólo tengo dos semanas antes de que estemos de vuelta en el estudio para trabajar en el próximo álbum.
—¿Puedes venir a pasar las vacaciones conmigo?
Eso no va a funcionar.
—Ya tenemos las actuaciones de Navidad contratadas.
—Estoy tratando de hacer planes para vernos dentro de seis meses, y tú no puedes, lo cual va a ser un gran problema.
Dice que no me está haciendo a elegir, pero lo hace. No está diciéndolo, pero si no me voy con él, habremos terminado.
Estoy tan segura de esto como no lo he estado de nada en mi vida. Pero ¿por qué no puede entender que él no me ha
hecho ninguna promesa? No me ha pedido que me case con él, no me ha hecho ninguna propuesta seria. Estaría loca si lo dejara todo cuando no tengo absolutamente ninguna garantía de nada. Él podría decidir que ha terminado conmigo dentro de tres meses.
No sé qué más decir.
—¿Podemos intentarlo a larga distancia y ver cómo va?
—Supongo que no hay muchas más opciones si no vienes conmigo.
¿Está tratando de hacerme sentir peor de lo que ya me siento?
—No digas eso. Me estás haciendo sentir culpable.
—Si eso es lo que hace falta, entonces, quiero que te sientas culpable, hasta tal punto que empaques tus cosas y vuelvas a casa a donde perteneces.
Dice casa y de inmediato pienso en Avalon en vez de en este apartamento o en el autobús turístico. Es el lugar en donde me veo cuando pienso en él como mi marido y cuando me imagino a la familia que me quiere dar.
Mi mente está agotada de darle vueltas a esto una y otra vez, tratando de llegar a una solución que sinceramente no existe. He estado pensando y preocupada por nuestra relación desde hace casi un mes, y estoy cansada. Aunque sólo sea por un momento, necesito escapar del temor de estar separados de nuevo.
—Llévame a la cama y hazme olvidar que te vas. —Sueno desesperada, pero no me importa.
—Si lo hago, no será para hacerte olvidar. Te voy a mostrar todas las razones por las que deberías venir conmigo.
—Lo que sea. Cualquier cosa que funcione.
Toma mi mano y lo sigo por el pasillo hasta mi habitación. Se detiene antes de llegar a la cama y me besa, un simple y dulce beso romántico. Cuando termina, no puedo evitar suspirar profundamente.
—No recibirás suaves besos en los labios cuando me vaya. —Se mueve hasta mi cuello y besa ese punto justo debajo de mi oreja, el que siempre envía escalofríos por mi espina dorsal—. O aquí.
Agarra el borde de mi camisa y tira de ella por encima de mi cabeza. Coge mis pechos mientras continúa besando mi cuello y luego, lentamente, se desplaza hacia abajo por encima de mi hombro. Alcanza mi espalda para desabrochar mi sujetador mientras su boca se desplaza al espacio entre mis pechos. Cuando siento la liberación de mi sujetador, él desliza las correas por mis brazos y cae al suelo.
Besa mi abdomen todo el camino hasta ponerse de rodillas delante de mí. Siento su lengua deslizarse por mi ombligo mientras desabrocha mis jeans. Oigo el sonido de mi cremallera deslizándose lentamente hacia abajo y todo, desde mis pezones hasta la punta de los dedos de mis pies, hormiguea.
Normalmente engancha sus dedos dentro de la banda de mis jeans y ropa interior para empujarlos ambos hacia abajo, pero no esta vez. Desliza un dedo dentro de la parte delantera de mi ropa interior y vuelve la mano de manera que la punta del dedo puede suavemente acariciar mi clítoris con un movimiento insinuante.
Siento que mis bragas se humedecen, pegajosas, y húmedas, y cada pedacito es para él, este hombre al que amo con todo mi corazón. Este hombre al no sé cómo dejar de lado.
Deja de hacer lo que está haciendo y agarra mis jeans y ropa interior. Tira de ellos hasta mis tobillos y me aferro a sus hombros mientras salgo, poco a poco. Después de que los quita de en medio de mi camino, envuelve sus manos alrededor de cada uno de mis huesos de la cadera y besa mi estómago antes de que su boca se mueva en dirección sur.
Ésta no es la mejor posición para lo que está a punto de hacer, así que me alegro cuando me empuja hasta sentarme en el borde de la cama. Alcanza cada una de mis piernas y las engancha sobre sus hombros antes de enterrar su nariz contra mí.
—Ojala pudiera embotellar esto y llevarlo conmigo. Rociaría todas mis sábanas y me revolcaría en ella.
Me rio mientras cojo entre mis dedos su cabello y acaricio la parte superior de su cabeza. Voy a extrañar oírle decir esas cosas sumamente inapropiadas.
Cojo las almohadas de la cama y las coloco detrás de mí para que pueda sostenerme y ver lo que hace. Me ha convertido en una especie de monstruo del sexo, me gusta ver su boca entre mis piernas. El sucio bastardo me ha arruinado.
No es que quiera volver a tener relaciones sexuales con otro hombre, pero ningún otro jamás podría acercarse a llevarme al éxtasis que siento con él.
Me sacudo cuando su lengua me toca. No por miedo o sorpresa, sino porque mis terminaciones nerviosas están en llamas, gritando en su boca. Es una sobrecarga sensorial cuando finalmente llega esa sensación que tanto deseas.
Empuja mis piernas hacia atrás con las manos mientras mueve la lengua más rápido contra mí, y siento que la presión aumenta, las magníficas olas comienzan en mi interior y se elevan hasta reventar a través de la superficie.
—Ohhh… justo ahí. Eso se siente tan bien. —Siempre sabe lo que necesito tan bien.
Cuando le digo que está en el sitio correcto, no se detiene hasta hacerme gritar.
Usa su lengua para aplicar más presión a ese sitio agradable y siento mi orgasmo corriendo hacia la superficie. Agarro su cabello como siempre lo hago y tiro.
—Ahí mismo. Sólo ahí. —Y un momento después, todo mi cuerpo se tensa, y escapa de mi boca… el grito que él sabía que iba a salir de mí.
Cuando suelto su cabello, todavía siento su boca contra mí, mientras dice.
—Y ella cruza la meta, señoras y señores.
Empujo las almohadas de detrás de mí y me estiro hacia atrás en la cama.
—Esta carrera aún no ha terminado.
Comienza por mis tobillos y besa un camino por mis piernas.
—Oh, la siguiente parte no va a ser una carrera. Planeo tomarme mi tiempo contigo, Srta. Alfonso. ¿Quién sabe? Esto podría llevarme toda la noche.
—¿Me lo prometes?
Sonríe mientras continúa subiendo por cada una de mis piernas. Cuando llega al vértice de mis muslos, se detiene para besar la parte superior de mi pubis.
—Siempre tan suave. Nunca sabrás lo mucho que me gusta.
Continúa hacia arriba por mi estómago hasta que llega a mis pechos. Su boca se sitúa en el centro de mi pecho y los empuja juntos para hacer un sándwich de Pedro Henry. El pensamiento me hace reír interiormente.
Se mueve hasta el cuello y empuja mis manos sobre mi cabeza.
—Date la vuelta.
Me pongo sobre mi estómago, con mis manos aún sobre mi cabeza, y empieza a besar mi cuello. Lentamente traza su camino hacia abajo y no deja un solo punto descuidado.
Estoy cubierta de piel de gallina, lo que me está haciendo volver loca, y lo sabe.
Y entonces, está en la parte baja de mi espalda, el lugar que ambiciona, y comienza a lamerme. No sé cuál es la razón de que le guste tanto, pero no me importa si eso significa que me hará esto.
Es un botón de encendido único.
Pasa a mi trasero y aquí es donde se pone un poco extraño.
Hace lo suyo mordisqueando mi culo, pero luego mueve la boca hacia abajo entre mis muslos.
Usa su rodilla para empujar mis piernas y mete las almohadas debajo de mí. Me inclina sobre ellas y… oh, ¡mierda! Lame mis partes de chicas. Desde atrás. Nunca lo ha hecho desde ese ángulo antes y se siente… pervertido.
Y me gusta. Mucho.
Agarra la parte posterior de mis muslos y los empuja, separándolos, por lo que mi parte más íntima está en el aire.
Creo que esta posición sería mortificante como el infierno si lo que me estuviera haciendo no se sintiera tan increíble.
Me sorprende la forma en la que siempre se puede sacar un conejo diferente de su sombrero.
De repente se detiene y dice.
—No, no vas a correrte así de nuevo. Quiero estar dentro de ti la próxima vez que lo hagas.
Me señala para que me dé la vuelta, tirando de mi cadera.
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