sábado, 7 de mayo de 2016

CAPITULO 46




No podía alejarme de Paula hasta mañana en la tarde. Dejo la casa de mis padres temprano para ir a casa con ella, pero no sin escuchar un montón de necia cháchara de mi hermano por estar dominado por ella.


Puedo estarlo, pero no me quejo.


Llego a través de la puerta del garaje y tropiezo con un montón de equipaje.


Enciendo la luz y reconozco los maletines como los de Paula. ¿Qué demonios está pasando aquí? En primer lugar, ¿ella no respondía a mis llamadas y ahora su equipaje está en la puerta?


Camino a la habitación, no estoy seguro de lo que voy a encontrar. Por favor, que no te hayas ido, Paula. Aguanto la respiración cuando me detengo en la puerta. Está completamente oscuro, por lo que enciendo la luz del baño y la veo dormida en mi cama. Libero el aliento que estaba conteniendo.


Son las tres de la mañana y yo sólo quería desnudarme y meterme en la cama con ella, pero no lo hago porque sé que algo no está bien. Me siento en la cama junto a ella y le acaricio su suave mejilla con el dorso de los dedos.


—Paula, cariño.


Ella se mueve, pero no se despierta, así que digo su nombre otra vez.


—Paula, cariño.


Abre sus ojos y salta en la cama, tomando la cobija con ella.


—¿Qué estás haciendo aquí?


Ésta no es la bienvenida a casa que me imaginé.


—Vivo aquí.


—Me dijiste que no estarías en casa hasta esta tarde.


—Me vine más temprano porque quería estar contigo. He desarrollado una especie de hábito de hacer eso. —Ella no dice nada—. ¿Qué está pasando? ¿Por qué están tus maletas en la puerta?


—Porque me voy.


Siento mi corazón saltar en mi garganta.


—¿Por qué?


—Tu esposa piensa que podría ser lo más apropiado que podría hacer y siento que estoy de acuerdo con ella.


¿De qué demonios está hablando?


—Yo no tengo esposa.


—Adriana me hizo una visita, y ella dice otra cosa. Ella es impresionante, Alfonso. Y deberías saberlo porque me sorprendió.


Esa psicópata me ha rastreado hasta Avalon. Es cada vez más inteligente. Y valiente. El intentó de destruir dos de mis viñedos era cojonudo, pero ahora ha entrado en mi casa y jodido mi vida personal a través de Paula.


—Yo no estoy casado con esa mujer.


—No te creo.


—Te juro que jamás me he casado. —No dice nada, pero veo que no me cree.


Corro mis manos a través de mi cabello. ¿Cómo le pruebo esto a ella?


Sólo hay una manera. Alcanzo mi teléfono en el bolsillo.


—Puedes preguntarle a mi madre. Ella te dirá.


Son las tres de la mañana, pero busco en mis contactos y busco la etiqueta “Mamá”. Lo pongo en altavoz y suena unas pocas veces antes de contestar el teléfono.


—¿Hola?


—Mamá, esto va a sonar loco, pero ¿estoy casado?


—¿De qué estás hablando, hijo? —Mi mamá no tiene idea que ella es la única que puede salvarme con Paula ahora.


—¿Alguna vez me he casado?


—No. ¿De qué se trata todo esto?


—Paula y yo tuvimos un pequeño malentendido. Ella sólo necesita escuchar que no estoy casado.


—Él no está casado, cariño, pero me gustaría que lo 
estuviera. ¿Cómo te sientes?


Oh, maldición. Pongo en mute el teléfono.


—Dile que te sientes mucho mejor. Te lo explicaré luego.


Quito el mute y espero a que Paula le responda a mi mamá.


—Me siento mucho mejor, señora. Gracias por preguntar.


—Siento despertarte, mamá. Vuelve a dormir y hablaremos mañana.


Después de terminar la llamada, pongo el teléfono en la mesa de noche.


—Ella quería saber porque no habías venido conmigo, así que le dije que tenías dolor estomacal.


—Oh.


—Dime qué pasó con Adriana.


—Estaba en el gym ejercitándome. Me detuve para descansar y pensé que había visto algo en el espejo. Cuando miré, vi a esta mujer pelirroja en el medio del piso viéndome. Estoy segura que estuvo allí por un rato, pero no puedo estar segura porque no la escuché entrar.


—¿Qué te dijo?


—Que ella era tu esposa y que te amaba. Quería hacer funcionar las cosas contigo por los niños.


—¿Niños? —Guao. Está desesperada.


—Me pidió que dejara de verte y me fuera sin llamarte nunca más.


Huh.


—¿Entonces ibas a irte sin decirme adiós?


—Sólo porque creí que estabas casado y con hijos. Sabes cómo me siento acerca de eso.


—Y sabes que entiendo cuanto te heriría si yo estuviera casado. ¿Por qué dudarías de mí?


—Porque no te conozco.


Guao, eso dolió.


—Pero estás equivocada. Quizás no conozcas mi nombre real, pero me conoces como nadie más.


—¿Quién es ella?


Una perra psicótica.


—Número tres.


—¿Una compañera previa?


—Sí, del estilo desquiciada. Cosas locas has pasado con esa mujer. Se enteró de mi verdadera identidad después de que nuestra relación terminó y ella me ha estado acechando durante tres años. Porque viajo muy a menudo, es difícil para ella mantenerse al día con mi paradero. Cuando ella no me puede encontrar, hace daño a los viñedos para hacerme salir.


—¿Qué ha hecho?


—Un montón de cosas, pero las más recientes son el incendio en Chalice y el envenenamiento de cultivos en Marguerite.


—No sabía del envenenamiento.


—Ella es la razón por la que tuve que dejar Avalon después de Navidad. No había podido encontrarme desde que llegué a Wagga Wagga. Creo que la evadí después del incendio en Chalice y es por eso que envenenó Marguerite… para arrastrarme hacia su terreno en Lovedale.


—¿Es de allí de donde es?


—Sí, pero no le di oportunidad de encontrarme. Tenía un investigador privado localizándola primero así que tendría las de ganar. Me puse en contacto con ella y le dije para encontrarnos en nuestro antiguo lugar. Pensó que iba a ir porque quería reavivar nuestra relación. Me enfrenté a ella sobre el incendio y el envenenamiento, pero, por supuesto, negó hacerlo.


—¿Dormiste con ella?


—Claro que no, maldición, pero no porque ella no tratara. Yo la rechacé y le dije que había alguien más. Ella no lo tomó bien, así que no nos despedimos en buenos términos. Convencerte a que me dejes era su forma de demostrar que podía joder mi vida personal.


—Casi lo logra. Me hubiese ido anoche si hubiese tenido un lugar a donde ir. Iba a ir al aeropuerto esta mañana para hacer los arreglos e ir a casa.


Saco mis zapatos y me meto en la cama junto a Paula. 


Necesito sentirla contra mí para probar que no se ha ido. No le digo cuánto me alegro de que todavía esté aquí o el miedo que tenía cuando pensaba que se estaba yendo. Tal vez ella ya lo sabe. Si lo hace, no lo menciona. Ella me deja acercarla más, y estoy contento con simplemente sostenerla en mis brazos después de casi perderla.






CAPITULO 45





Voy al dormitorio extra para recoger mi equipaje. Lanzo las maletas encima de la cama de Alfonso y me dirijo al armario para quitar la ropa de las perchas. La meto dentro sin ningún tipo de orden. Sé que todas mis cosas nunca van a caber ahí de esta manera, pero no me importa. Dejaré lo que no pueda meter dentro.


De alguna manera, hago que todo quepa. Empujo mi equipaje en la cocina y lo coloco junto a la puerta para mi salida a primera hora de la mañana. Recuerdo que necesitaré un aventón. Llamo a Daniel, el único otro contacto programado en el teléfono que me dio Alfonso.


—Hola, Daniel. Soy Paula. Necesito que me lleves a la ciudad por la mañana. ¿Puedes estar listo a las siete?


—Ciertamente, Srta. Beckett. La veré por la mañana.


Srta. Beckett. Siento el ceño fruncido en mi rostro y suspiro.


—Gracias, Daniel.


Contemplo la pila de equipaje y me imagino donde iré por la mañana. No tengo ni idea. Estoy corta de dinero así que un hotel para más de una noche está fuera de consideración. 


No puedo pedir regresar a donde Benjamin después de la manera en que me fui, así que creo que no tengo opción. 


Estoy obligada a regresar a casa.


Julia estará feliz.


Decido ducharme esta noche de manera que no haya retrasos al salir de este lugar a primera hora de la mañana. 


Bajo el agua que está tan caliente como puedo soportar, necesito que este tormento sea limpiado. No estoy teniendo éxito en librarme del dolor, y el agua eventualmente se pone fría, muy parecido al sentimiento que tengo en el interior.


Estoy acostada en la cama, pero ni de lejos dormida, cuando Alfonso llama por cuarta vez. Finalmente silencio el timbre porque ya no quiero escuchar más a Bret cantar. Es una pena porque nunca podré escucharlo cantar otra vez sin
pensar en Alfonso Henry.





CAPITULO 44




La Sra. Porcelli me hizo compañía después de que Alfonso se marchara.


Ella se quedó y me acompañó a cenar, por mi petición, pero ahora se ha ido a su habitación por la noche y estoy sola en la casa de noche por primera vez.


No estoy asustada. Estoy aburrida. Y sola. Quiero a Alfonso aquí conmigo.


Llamo a Aldana, pero no obtengo una respuesta, así que dejo un mensaje de voz.


—Hola, Aldi. Pensé que podríamos reunirnos para comer mañana. Llámame si te apetece ir.


Enciendo la televisión, pero no puedo encontrar nada que quiera ver. Decido que la ausencia de Alfonso puede ser el momento perfecto para usar mi barra para un entrenamiento. No la he utilizado para hacer ejercicio ni una vez desde que fue instalada. Cada vez que lo intento, él pone algo de música sexy y mi entrenamiento se convierte en un espectáculo para su deleite.


Pongo mi cabello en un moño porque voy a ponerme acalorada y sudada. Me cambio al conjunto de dos piezas que compré para practicar. No es sexy como las que Alfonso compra para mí. Es un práctico top con corte de mariposa con unos shorts a juego, el mismo tipo de traje que llevaría si estuviese yendo a clase.


Voy al gimnasio y enciendo el receptor. Pongo “Lift Me Up” de Christina Aguilera en modo repetición. He estado pensando sobre coreografiar una lenta y graciosa rutina para esa canción durante meses y ésta es la primera oportunidad
que he tenido para estar a solas con una barra.


Cuando acabo los estiramientos, comienzo haciendo la posición del Fénix. La he practicado en mi cabeza una y otra vez. Creo que me queda perfectamente pero apesta no tener un instructor que me diga si lo estoy haciendo bien. Todo lo que puedo hacer es mirar en el espejo y juzgarlo en base a mi memoria.


Hago varios giros y transiciones que he dominado para entrar en calor antes de intentar un nuevo invertido: el Arcoíris Marchenko. Su nivel de dificultad es un 5, y no tengo nada que hacer intentándolo sin un instructor, pero ésta puede ser mi única oportunidad de ir por ello sin Alfonso a mi alrededor para verme caer de cabeza si no lo consigo. 


Afortunadamente, la Sra. Porcelli no me encontrará
con el cuello roto por la mañana.


Me las arreglo para hacerlo sin matarme y ahora lo sé de forma intuitiva. Sé que puedo hacerlo más grácilmente, pero mi frecuencia cardíaca necesita volver a la normalidad antes de hacer otro intento. Bajo hasta el piso para recuperar el
aliento.


Estoy de pie con las manos en mis caderas cuando veo movimiento en el espejo a través de mi visión periférica. Me volteo para ver si mis ojos están engañándome, lo que es una posibilidad real, pero no lo están. Hay una mujer de pie en el medio del suelo del gimnasio y me está mirando fijamente.


No sé por qué, pero tengo la sensación que ha estado ahí por un tiempo observándome. No hay una conmoción inicial en su rostro, al menos no como la que está en el mío ahora mismo. ¿Quién es esta mujer y por qué está aquí?


Me digo que podría ser la hermana de Alfonso, o la hija de la Sra. Porcelli pero sé que es hacerme ilusiones. Mi estómago me dice que he conocido a un pitbull en un callejón oscuro, listo para una pelea.


Alcanzo el mando a distancia y apago la música y ella habla antes de que tenga oportunidad.


—Esa es una hermosa canción. Va bien con los giros lentos, pero no con esa cosa al revés que estabas haciendo. —Ella usa sus dedos mientras habla.


—El Arcoíris Marchenko. Es un invertido.


—No sabría porque no soy una bailarina de striptease.


Admito que me tuvo por un breve momento con su amable discurso de apertura, pero el comentario de la bailarina de striptease es su intento de ponerme en mi lugar. Ésta no es una amiga o la hermana de Alfonso. Ésta es una antigua novia o compañera, y está cabreada de que yo esté aquí.


Es alta y esbelta en un elegante vestido gris pardo con tacones a juego. Su cabello rojo natural está cortado a media altura con el flequillo demasiado contundente, como su forma de entrar aquí y llamarme bailarina de striptease.


Quiero decirle que Alfonso no está aquí, pero no sé cómo llamarlo, así que voy con algo genérico.


—Él no está aquí.


Ella se está riendo.


—Cariño, ni siquiera sabes su nombre, ¿verdad?


No respondo.


—Y sé que no está aquí porque lo deje en casa de sus padres. Quería verte cuando él no estuviese alrededor para que pudiéramos dejar algunas cosas claras.


Ahora estoy confundida, sé que él está en casa de sus padres. ¿Cómo lo sabe ella y por qué dice que lo ha dejado allí?


—Lo siento, pero estoy un poco en desventaja aquí. Pareces conocerme, pero yo no te conozco.


Ella camina provocativamente hasta la silla que Alfonso usa cuando me mira bailar. Se sienta y cruza sus piernas como si planease estar aquí un tiempo.


—Que grosero de mi parte no presentarme. Soy Adriana, su mujer.


No. Esto no está pasando de nuevo.


—No lo sabías, ¿verdad?


Me siento enferma. Estoy devastada. Él pudo haber tenido cualquier cantidad de mujeres a las que no le importase que tuviera una esposa... excepto yo. Estuve de acuerdo con todas sus locas normas y la única cosa que le pedí fue que no me mintiera sobre estar casado.


—¿Cómo te llamas?


—Paula.


—Paula —repite,Ella está sonriéndome de un modo amable. Eso es confuso—. No estoy enfadada contigo. Puedo leer tu rostro y decir que no sabías que él estaba casado, pero puedes entender por qué tengo que pedirte que dejes de ver a mi esposo, ¿no es así?


—Lo hago, pero no tienes que pedirlo. Con mucho gusto me iré por mi propia voluntad.


—Gracias Paula. Quiero que te vayas y nunca le vuelvas a ver. Conozco los... gustos de mi esposo. Confío en que no sabes su nombre real y él no sabe el tuyo.


No tiene sentido decirle que sé su apellido.


—Correcto.


—¿Y no lo llamarás con el teléfono que te dio? ¿Te irás y nunca volverás?


¿Ella sabía hasta lo del teléfono?


—No puedo irme esta noche porque no tengo a donde ir, pero será la primera cosa que haga por la mañana, antes de que él regrese.


—Gracias por ser tan comprensiva, Paula. Amo mucho a mi esposo y él tiene un problema, pero estoy dispuesta a buscarle solución por nuestros niños.


¿Niños? Ahí es cuando ya no puedo mirarla más.


—Si me disculpas, Tengo maletas que hacer.






viernes, 6 de mayo de 2016

CAPITULO 43





Paula no sabe que hoy es mi cumpleaños o que mi único deseo es estar en casa con ella. Pero no puedo. Tengo que asistir a la fiesta anual de cumpleaños junto a toda mi familia en casa de mis padres. Qué gran día será hoy.


Ella ha estado viviendo conmigo por unas semanas y me sorprende la manera en que me siento al estar lejos, dejándola sola en casa. Quiero volver junto a ella.


Considero la idea de dar vuelta en U en el Sunset, pero me acuerdo de las reglas que tengo y por qué estar con mi familia no puede romperse.


Por casi tres semanas no he visto a mi familia, desde que mi madre me envió de vuelta a Avalon para estar cono Paula en Navidad. Gracias, mamá. Fue el mejor regalo que podrías haberme regalado.


Mi mamá ha dejado en claro que debo hablar con ella semanalmente sobre mi relación con mi “novia” y ya no deseo aparecerme sin ella nuevamente. Margarita Alfonso se pondrá muy furiosa conmigo por la ausencia de Paula. No debí decirle que la traería para mi cena de cumpleaños, pero no tuve una excusa razonable cuando lo hablamos.


Cuando atravieso la puerta, mamá corre al recibidor. Está sonriendo y sus ojos brillan con anticipación, pero luego veo el que la decepción se posiciona en sus ojos cuando nota que no hay nadie detrás de mí. Honestamente, me siento una mierda de hijo.


—¿Dónde está ella?


—Perdón, mamá. Paula no se sentía bien. Pensamos que tiene una gripe estomacal. Me dijo que te informe que lo siente de no haber venido.


Me lanza una mirada de desaprobación y sé que hice todo mal.


—¿Y la dejaste sola mientras ella está enferma?


Mierda. No pensé en ello.


—Le estoy pagando a la Sra. Porcelli para que la cuide.


Ahora, ella me está dando su desaprobación.


—¿Qué mensaje enseña eso si la dejas en casa cuando está enferma, Pedro?


Me siento como una rata a pesar de que no tengo la culpa de nada. Casi.


—No pensé en ello.


—Ustedes, los chicos, nunca lo hacen; pero no es por mi falta de tratar.


Mamá retrocede y vuelve a la cocina. Está enojada y quiero que sepa que sus lecciones no fueron en vano. Estaría orgullosa en como tengo en cuenta que estoy con Paula pero no puedo decirle, en cambio estoy forzado a sobrevivir con su desaprobación.


Voy a la sala de estar donde mi padre y hermano yacen, con la esperanza de estar en paz con ellos. No tengo duda que mamá está en la cocina contándoles a Chloe y Emma que hice. Pronto, tendré a toda la población femenina de la familia atacándome. Tendré suerte si mis sobrinas, Celia y Mila, no están en la alianza.


Ernesto está sentado en el suelo con sus hijos y, cuando me desplomo en el sillón, se ríe de mí.


—Escuché a mamá quejándose de ti todo el camino hacia aquí. ¿Qué hiciste?


—¿Quejándose? ¿Ese es tu vocabulario ahora?


Apuntando a su hija de tres años, responde:
—Orejas delicadas, Pedro, y pequeñas bocas repitiendo palabras interesantes. Un día entenderás a lo que me refiero.


Sí, cuando el infierno se congele.


—Mamá está enojada porque dejé a Paula en casa mientras está enferma.


Mi papá ya está sacudiendo su cabeza. Es mi error, pero él es el único que tendrá que oírlo cuando me vaya.


—Lo siento, papá.


Suspira.


—Pedro, no sabes cuánto tu mamá ha estado deseando conocer a la mujer con la que sales. Es todo lo que he oído desde navidad y ahora lo que voy a escuchar es a ella preocupándose por ti arruinándolo todo.


—Papá, no puedo hacer nada ahora.


—Puedes hacerlo si le dices a tu mamá que la traerás de visita.


No puedo mentirle una vez más a mamá.


—Sabes cómo las cosas funcionan en esta época del año. Puede que no sea capaz de alejarme de la viña.


—No olvides lo bien que conozco el negocio, hijo. Tú estás a cargo y tienes un muy eficiente equipo. Puedes alejarte por un par de días para traer a aquella aquí para conocer a tu mamá.


¡Maldita sea!


—Bien, le diré.


Desde la sala de estar, escuchamos un portazo en la vitrina.


—Dile ahora, Pedro.


¡Mierda! No quiero a mi familia interviniendo en mi vida. Me paro del sofá y entro al territorio enemigo. Dos nuevos pares de ojos reprochadores, los de mi hermana y mi cuñada, me retuercen en apoyo a las quejas de mi mamá. Mi hermana me envía su clásico gesto con su mano en “L” mientras gestiona perdedor.


—Mamá, lo siento. ¿Me perdonarías si traigo de visita a Paula? ¿Tal vez alguna vez el próximo mes, dependiendo como van las cosas en Avalon?


Detiene su abuso psicológico con las pobres papas.


—Lo haré, pero intenta traerla lo más pronto que puedas.


—Por supuesto que lo haré, mamá.


Sin saber nada, sonríe porque ha sido engañada de nuevo, soy un saco de mierda lleno de mentiras. Mi falsa promesa es una solución temporal a esta situación.


Pronto tendré que engañarla otra vez, y deseo no hacerlo.


La conversación en la cena es agradable, más de lo que hubiera sido si no hacía el bien con mamá así que en cierta parte, estoy agradecido por ello. Mi papá está especialmente interesado en escuchar el progreso que estoy haciendo con mi trabajo. Al resto no les importa una mierda pero alivian a papá pretendiendo escuchar.


Después de la cena, estoy sentado observando a Mila sostener la mesa del café de soporte y después valientemente quitar su mano. Trata de decidir si dar un paso y pienso que seré testigo de su valiente intento de caminar.


—Hermano, creo tu hija dará su primer paso.


Ernesto está de pie en la puerta y su cabeza está enterrada en su celular, como siempre.


—¿Me escuchaste, Ernesto? Mila parece querer dar su primer paso.


Levanta su cabeza por un vistazo rápido a su hija y no luce impresionado.


—Se burla de nosotros así todo el tiempo. Actúa como si fuera a hacerlo, pero después vuelve a agarrarse de lo que sea que esté frente a ella.


No lo sé. Para mí, pareciera que va en serio, pero veo que Ernesto no está interesado. Me pregunto si debo llamar a Emma para verlo; estoy seguro que a ella le gustaría ver los primeros pasos de su hija.


—¿Qué has estado haciendo exactamente en Avalon, Pedro? —pregunta Ernesto.


En la cena, hablé por diez minutos acerca del trabajo y él no escuchó ni una maldita cosa de lo que dije. Y ahora me pregunta que hago. A la mierda.


—No explicaré todo nuevamente. Debiste escuchar en la cena si estabas tan interesado.


—No, hermano. No es eso a lo que me refiero. —Sostiene 
mi celular provocando que haga clic en mi mente al saber de lo que habla. Pasa por todas mis fotos de Paula, las por poco desnudas.


Me levanto rápidamente del sofá para alcanzar mi celular, pero lo quita de mi alcance.


—¿Por qué demonios estás viendo las fotos de mi celular?


Se está alejando de mi así no puedo alcanzarlo, pero pese a ello sigue viendo fotos de Paula.


—Tenemos el mismo. Creí que era el mío cuando lo tomé. Quería mostrarle fotos de las chicas a mamá. Menos mal no la llamé para que viera éstas.


—Dame mi celular. ¡Ahora! —siseo entre dientes.


Da vuelta el celular para ver una foto desde un ángulo diferente.


—Demonios, Pedro. ¿La estás follando en esta foto?


—¡No! —No lo sé. Tal vez. Depende cuál foto habla.


Lo quito de sus manos y tiene ese destello en sus ojos. Creo que es admiración pero no estoy seguro.


—Bastardo suertudo. Emma nunca me dejaría sacarle fotos como éstas. Ni siquiera antes de tener a las niñas. Y de ninguna manera me dejaría tomarle una foto echándonos un polvo. ¿Cómo la convenciste para dejarte hacer eso?


Estoy cabreado con mi hermano por invadir mi privacidad, y la de Paula, pero lo dejo pasar para evitar una pelea.


—Suerte, supongo.


No quiero hablar de Paula de esta manera con él. Ella es mi secreto, uno que no quiero compartir y mi familia está mostrando mucho interés en ella.


—¿Vas en serio con esta chica?


¿Mi hermano ha perdido la razón? Mientras me río, le doy mi mirada de “¿Estás jodidamente bromeando?”.


—La he conocido un mes. ¿Qué crees?


La pequeña mierda se ríe de mí, y dice:
—Creo que no te gusta el hecho que haya visto fotos desnudas de tu chica.


Eso no puedo negarlo. Me enferma que haya visto lo que suponía era sólo privilegio para mis ojos.


—Ella no está desnuda.


—Mentiras.


Emma entra a la sala y nos mira alternativamente a cada uno.


—¿Por qué están peleando?


—Oh cariño, mi hermano mayor solo estaba mostrándome algunas fotos de su novia americana. Adelante, Pedro. Enséñale tu novia a Emma.


¿El maldito traidor quiere joderme? Le pegaré en su trasero de manera que no tendrá ni una sola cosa pervertida por todo un mes. Busco por todas las fotos hasta que una que nos capta como una pareja cariñosa y la sostengo hacia Emma.


—Ernesto me dijo que gran pedazo de culo tenía y que lo haría con ella. No puedo creer que haya dicho eso de mi novia.


Ernesto: 0 Pedro: 30.


Al igual que el número que mi hermano tendrá su polla acumulada. ¡Ja! ¡Toma eso, puto traidor!


Emma lo mira.


—Em, no dije eso.


—Pedro tiene 30 años. ¿Supongo que tengo que creer que lo inventó todo porque no tenía nada mejor que hacer?


—Sí, él hace ese tipo de mierda para meterme en problemas. Él no tiene una esposa y cree que es divertido jugar con la mía.


Sus ojos disparan dagas en dirección de mi hermano.


—No discutiré esto contigo ahora, Ernesto.


Eso está bien, hermanito. Mientras no estás follando con tu esposa, puedes pasar el otro mes con tu mano alrededor de tu polla pensando en no jugar conmigo.


Emma agarra mi celular para tomar un mejor vistazo de Paula.


—Es hermosa, Pedro. ¿Puedo enseñársela a Margarita?


Probablemente es mejor seguro que yo sostenga el teléfono así ya no habrán más show de vistazos a mis fotos.


—Le mostraré cuando haya terminado en la cocina.


Emma no me dejará ir sin mostrarle fotos de Paula a mamá, así que compruebo las imágenes para ver donde comienzan las sexies. Las primeras doce son todas perfectas, pero le mostraré las primeras diez para estar seguro.


Mamá entra a la sala de estar cuando termina en la cocina y Emma lo deja caer:


—Margarita, Pedro tiene algunas fotos de su novia en su celular.


Mi mamá se queda estática.


—Un segundo, necesito mis ojos —dice, escapándose nuevamente a la cocina y regresa con lentes de lectura. Toma el celular de mi mano y lo sostiene donde puede verlo mejor—. Oh, Pedro Henry. Es una chica hermosa. Tendría unos hermosos bebés.


Oh, demonios. Aquí vamos.


Pasa a la segunda foto donde Paula sale con su guitarra Martin. La tercera es ella tocando el piano en Avalon.


—Y es músico. Le enseñaría a tus hijos a tocar instrumentos y cantar.


Creo que puedo oír las campanas de boda en la cabeza de mi mamá.


Las siguientes variedades de fotos son unos aleatorios inocentes que Paula no sabe que le tomé. Algunas sonriendo, algunas serias, pero siempre hermosa.